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Blog de Alberto Castillo

Grandes maestros

Escritorio de Hugo Argüelles

 

Hablábamos del dramaturgo Hugo Argüelles la semana pasada, a propósito del peligro que corre su casa de ser vendida al mejor postor y, más que la casa, el acervo que reunió en este sitio. De inmediato un cúmulo de voces se alzó para decir que eso no es justo, que se debe dar a libros, discos, espacios y objetos el uso para el que él los concibió. Hugo Argüelles era un gran maestro, como también lo fue Emilio Carballido o Juan José Gurrola o los recientemente fallecidos Víctor Hugo Rascón Banda y Alejandro Aura, además muchos otros que no menciono porque el espacio es limitado y porque cada quien ha tenido uno o varios grandes maestros.

¿Qué es un gran maestro? O, mejor dicho ¿qué hace que alguien sea un gran maestro? Primero está, evidentemente, el conocimiento. Los grandes maestros tienen un particular interés por conocer su materia, o materias, a fondo. Se informan y mantienen al día de todo aquello que podría cambiar sus líneas de pensamiento o acción. Pero no basta con el conocimiento, porque hay quien sabe mucho y no hace nada con ese saber, se lo guarda. Por ejemplo Hugo Argüelles (y lo pongo de ejemplo porque lo conocí de cerca) era un gran maestro porque tenía la necesidad de saber todo acerca del teatro: veía obras, leía textos dramáticos, críticos, teóricos y se hacía de todo tipo de publicaciones que apoyaran su saber. De ahí que en su casa haya miles de textos en los que alguna vez encontró ideas que le parecieron importantes.

Pero no basta con acumular conocimientos. Todos conocemos a “enciclopedia ambulantes” que no hacen nada con ese saber. Abunda ese tipo de gente en todos los ámbitos y especialmente en el artístico. Un gran maestro tiene una imperiosa necesidad de transmitir sus conocimientos. No es difícil identificar a quien tiene madera de maestro porque hará todo lo posible por crear las condiciones que le permitan comunicar su saber. Argüelles acondicionó un área de su casa, primero la cochera y después la sala, para ofrecer un taller de dramaturgia. Podía vivir sin las nimias ganancias que obtenía por dar estas clases, de hecho en ocasiones muchos alumnos no pagaban o pagaban sólo cuando “se acordaban”, pero él necesitaba de sus alumnos tanto como nosotros de él.

Las clases de Argüelles eran tremendamente heterodoxas, incluso extrañas. Se valía de elementos cercanos usados de modo poco común para conseguir lo que quería. Generalmente contaba historias que inducían estados de ánimo específicos. Después, ya que el ambiente estaba como lo había previsto, pedía que escribiéramos algún ejercicio. Utilizaba mucho la música como apoyo para hablar de estilos, tonos, acción dramática y nos obligaba a escribir en una completa oscuridad. Cuando hablaba de teorías del pensamiento, de psicoanálisis freudiano, lacaniano, uno tenía la impresión de que algo en sus ideas no ajustaba. Y así era, porque al revisar los textos a los que se refería siempre había huecos que él había llenado con su imaginación, o, mejor dicho, con ideas que servían para el propósito didáctico. Eso sí, siempre lo que él había interpretado era mil veces más interesante que lo que estaba en los libros originales. Esto me lleva a otro punto: un gran maestro crea las ideas, materiales, ejercicios y condiciones que le permiten transmitir de mejor manera su conocimiento. Por eso, como se puede ver en la fotografía que ilustra este texto, Hugo diseñó un aula mágica, con una especie de trono en su parte central (tenía un ego gigantesco) y paredes repletas de cuadros, fotografías, figurillas religiosas, alebrijes y otros monstruos. Los objetos no servían para lo que habían sido diseñados, porque estaba colocados en un contexto en el que el propósito único era la enseñanza y debían servir de estímulo.

Dos veces por semana, durante años, los alumnos de Hugo Argüelles esperábamos a que abriera la puerta metálica de su casa para cruzar el pasillo atestado de fotografías en las que se le veía a él, invariablemente, con alguna otra personalidad. A la salida de la sala que funcionaba como aula, hizo colocar lo que podemos llamar “el muro de los alumnos”. Ahí están, al lado de Hugo, Sabina Berman, Víctor Hugo Rascón, Jesús González Dávila, Luis Eduardo Reyes, Gabriela Inclán, José J. Vázquez, Gerardo Luna, Ana María Vázquez, Susana Pagano, Edgar Álvarez, Diana Golden, Elizabeth Aguilar y muchos más a los que alguna vez les otorgó el título de alumnos. Ser alumno de Hugo significaba no sólo asistir a clases, sino también compartir largas conversaciones en el café, ir al teatro o al cine. Buscar libros dificilísimos de encontrar en las librerías de viejo o involucrarse en experiencias increíbles, como ir a descubrir que Pedro Infante vive y escucharlo cantar en un bar de Naucalpan. (Esta aventura yo mismo la viví en compañía del maestro, Carmen Boullosa y Ana María Jaramillo). De aquí extraigo otro requisito para ser un gran maestro: establecer un nexo de cercanía con el alumno, mantenerlo y comprender que el aprendizaje va en ambas direcciones.

Sin todo lo anterior no puede haber un gran maestro, aunque falta un requisito, quizá el más importante: la generosidad. Un gran maestro es generoso incluso sin saberlo. No se guarda información, permite que sus alumnos se a apropien de su saber, que lo usen y construyan una obra nueva. En un gran maestro no existe miedo de ser rebasado por los más jóvenes, de otro modo nunca se embarcaría en la empresa del aprendizaje. En un gran maestro, como sucedía en el caso de Hugo Argüelles, el saber sólo tiene sentido si se transmite. De otro modo se trataría de una obra efímera, que, tras la muerte desaparecería en el olvido. Por eso es tan importante que la casa de Argüelles se mantenga íntegra y que funcione como el centro de enseñanza que el previó. La mesa está servida y sólo hace falta que el Gobierno del Distrito Federal se decida a cumplir con uno de sus deberes en el ámbito cultura. Desde aquí va mi petición a Marcelo Ebrard para que se involucre en este asunto. El expediente está en el escritorio de uno de sus funcionarios, Mario Delgado, Secretario de Finanzas.

Los grandes maestros están en todas partes y no necesariamente son famosos. Puede ser aquella mujer que nos enseñó a leer, a multiplicar o aquél profesor que nos dio una lección de vida o transmitió algo único. ¿Qué otras características debe tener un gran maestro? ¿Quién es para ti un gran maestro y en que rubro? Seguramente has tenido un gran maestro a los largo de tu vida, o varios. Por favor cuéntanos de quién se trata y relátanos tu experiencia.


En: TEATRO — August 14, 2008

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  1. Hugo era lo máximo. Lo extraño

    Sergio Zurita - December 9, 2008 @1:37 am
  2. Hola Alberto, me encontré con tu texto sobre mi querido Hugo y de verdad que me haz hecho recordar , vivir de nuevo tantas y tantas horas de placer, de gozo, de gran diversión, y claro de mucho aprendizaje, fui alumno de Hugo, soy actor, pero mas que alumno fui su amigo, yo lo ame fui mi Madre-Padre y de verdad que tus palabras me llegaron al corazón , mil gracias y suerte!
    Alberto.

    Alberto Isaac. - October 16, 2009 @9:09 pm
  3. Hola, Alberto:

    No te conozco, nunca te vi por el Taller de Hugo. Tampoco vi nunca a Sabina Berman, ni a Rascón Banda (que tanto daño le hizo a Hugo), ni a otros que nombras. Sí vi a Susana Pagano, a Gabriela Inclán, a Ana María Vázquez, entre otros, primero, porque fueron compañeros míos en la Escuela de Escritores y después porque también lo fueron en el Taller. Ahora resulta que los que nos dedicamos a la enseñanza en las aulas de diversas universidades, o a través de programas de televisi ón y radio (como ha sido mi caso), no existimos. Sólo los que han logrado cierta notoriedad efímera y algunas veces inmerecida, éso sí que los nombras.

    Pues fíjate que algunos, sólo unos pocos, creemos que ya hay suficiente MALA literatura en el mundo para seguir publicando casi, casi basura intrascendente. Y mejor nos dedicamos e seguir los pasos del maestro en la enseñanza. Pero claro, no estamos en tu comentario.

    Algunos siguen escribiendo sobre el querido Hugo, sólo para seguir colgándose de su nombre, pero díme, ahora que va a ser aniversario de su muerte, ¿qué ha pasado con la idea de convertir su casa en un museo? Los más cercanos, los que en vida de Hugo, se creían dueños del copy raight Hugo Argüelles, tristemente sólo fueron jarabe de pico.

    Sólo se acuerdan de Hugo para que les llegue por rebote algo de la luz que él emitía, y se dan importancia hablando de las cosas que compártieron con él. Ls demás, los que no tenemos que demostrar nada de nada, hemos, y seguiremos permaneciendo en un silencio respetuoso.

    Dahlia Niebla - December 14, 2009 @8:02 pm
  4. Shhhhh…Dejémosle en paz. Ël ahoea sí que sabe, quienes estábamos a su lado, sólo por cariño, nada más.

    Dahlia Niebla - December 14, 2009 @8:05 pm
  5. ¡Hola Alberto! Me dió gusto leer tu solicitud a Ebrard para evitar la pérdida de la casa de Hugo, esta labor la estamos apoyando en Facebool con más de mil firmas bajo la iniciativa de José Vázquez (exalumno, al igual que nosotros)… fuimos muchos y disfrutamos tanto al MAESTRO que siempre agradeceremos a la vida por haber estado esas noches y madrugadas compartiendo tantas enseñanzas de vida con él… me uno a todas las solicitudes para rescatar su acervo y que se haga un MUSEO de su casa en Cacahuamilpa.
    ENVIEMOS CARTAS A EBRARD Y LAS AUTORIDADES CULTURALES, A MIGUEL ALEMAN QUE LE HIZO UN HOMENAJE AL QUE ASISTIMOS EN BELLAS ARTES ¿LO RECUERDAN?, A TODOS LOS QUE TENGAN VOZ Y VOTO EN ESTE MEXICO MULTIPARTIDISTA Y DESENCANTADO… SOMOS MUCHOS EXALUMNOS QUE RECORDAMOS AL MAESTRO Y AMIGO…
    EN SU VELORIO DIJIMOS QUE LO HARIAMOS ASI QUE… EMPECEMOS HOY. BIEN POR HACERLO POR ESCRITO EN LA WEB, BIEN POR AQUELLOS QUE LO HAGAN EN LAS SECCIONES CULTURALES DE LOS PERIODICOS, LOS QUE LO DIGAN EN LOS PROGRAMAS DE TELE ABIERTA O POR CABLE, LOS QUE LO HAGAN EN LAS UNIVERSIDADES O PREPAS, ETC. YO YA EMPECÉ ENVIANDO CARTAS. HAGAMOS RUIDO…POR ÉL VALE LA PENA, LO DEMÁS ES LO DE MENOS.

    Ma. Antonia Valle - January 19, 2010 @6:08 am

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Bienvenido a albertocastillo.dramaturgiamexicana.com, Lo mío lo mío, es la escritura. Este autor de 38 años fue un niño asmático que se la pasaba pegado a revistas, libros y libretas. De ahí que la escritura se convirtiera en una estrategia de supervivencia, en una forma de abrurrise menos e inventar un mundo al que no podía acceder, el de la calle, porque pasaba mucho tiempo en cama y, además, al correr me asfixiaba. Después todo fue cosa de dejarse llevar por la corriente y hacer lo único que había aprenidido a conciencia y con cierta seriedad: escribir. Al teatro entré porque Raúl Prieto (Nikito Nipongo) decidió que como narrador usaba demasiados diálogos y me envió al taller de Hugo Argüelles. Ahí pasé tres años y salí dramaturgo en ciernes, siempre en ciernes, aunque sigo siendo narrador de clóset.

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