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Blog de Alberto Castillo

La Megabiblioteca de Fox y la microbiblioteca de Calderón


Megabiblioteca

Hay asuntos en los que es políticamente incorrecto disentir. Me referiré a dos y me arriesgaré a los tomatazos. Uno, la Megabiblioteca José Vasconcelos; dos, la microbiblioteca que, anunció Felipe Calderón, se entregaría a familias de escasos recursos.

En el caso de la Vasconcelos, me he llevado un par de rechiflas cuando he manifestado mi negativa a su construcción porque, ¡quién puede estar en contra de que existan más bibliotecas! Visto de ese modo, el armatoste ubicado en Buenavista, en la Ciudad de México, debería ser aplaudido por todos, pero hay algunos asegunes.

El proyecto surgió a partir de una necesidad personal y no de la emanada de la sociedad. Como ya mencioné en otro texto de este blog, la Megabiblioteca es un intento de Vicente Fox de quitarse la fama de inculto que se ganó, con altas calificaciones, a lo largo de su sexenio como presidente. De ahí la urgencia de hacer un edificio faraónico, de ahí la prisa por construirlo e inaugurarlo. Los defensores de lo que este edificio podría llegar a ser (cuando lo terminen) señalan que una biblioteca y la serie de actividades compatibles con su función tendrá un impacto positivo en una zona de la ciudad afectada por criminalidad y carente de espacios sanos para convivir.

Una visita a la Megabiblioteca da más la impresión de encontrarse frente a un espacio privado, condominio o, en el mejor de los casos, un centro comercial. El entorno fue olvidado por el arquitecto Alberto Kalach, quien dio la espalda a la deprimida zona urbana y el buen impacto que se podría tener en ésta.

Otro punto: se supone que podría ser el cerebro que interconectaría a una rede nacional de bibliotecas. Otro error, quienes creían esto se han topado con la realidad: no existe un proyecto que contemple este objetivo.

Bueno, incluso aceptando que nada de lo anterior se cumpla, una biblioteca más en México, un país con un enorme déficit de estas instituciones, es siempre bien recibida, dirá mi amigo el optimista. No lo creo, porque no necesitamos una gigantesca biblioteca en un área central de la Ciudad de México, a la que la gente tenga que trasladarse sino acercar las bibliotecas a la gente. Ya me imagino a un niño en Chalco diciéndole a su mamá: “Ahorita vengo, voy a la Vasconcelos”.

Las pocas semanas que el edificio abrió sus puertas al público fueron suficientes para demostrar su inoperabilidad, si acaso sirvió como “café internet”. Los libros nunca fueron la atracción porque estaban lejos, inaccesibles, yacentes como cadáveres en sus elegantes anaqueles colgantes.

El proyecto está mal planeado y se supone que, ahora sí, el edificio estará listo en noviembre, así que, a apechugar. ¿Podemos hacer algo a estas alturas? Creo que sí. Por lo pronto, exigir que se convierta en un verdadero centro cultural, con nexos bien claros con la comunidad en la que se encuentra, talleres y una vocación de gran centro de acopio y manejo de acervo.

Lo que en realidad necesitamos es un cerebro que conecte a la serie de pequeñas bibliotecas que ya existen en la ciudad y, por qué no, en el país. De ese modo, cualquier biblioteca, por pequeña que sea, podrá hacer préstamos interinstitucionales y llevar libros hasta el último rincón, sin importar que se trate de la zona más marginada de México.

En la ciudad de San Luis Potosí, Alejandra Elías, quien trabaja en la Dirección de Cultura junto a Laura Elena González, echó a andar dos proyectos que merecen ser replicados: un autobús biblioteca, que puede ser llevado a cualquier barrio; y la biblioteca de patio, que es administrada por los dueños de la casa donde se instala. En ambos casos el hecho deriva en nexo entre libros y comunidad, cercanía, responsabilidad y fortalecimiento del tejido social.

En al caso de la microbiblioteca de Felipe Calderón sucede algo similar. No sé quién fue el listo que le dijo a Calderón que anunciar la entrega de entre 15 y 20 libros básicos a los habitantes de viviendas populares haría pensar que él si se preocupa por que la gente lea. (De hecho hace recordar a Fox) En el hecho hay muchísimas aristas: entregar libros no garantiza de ningún modo que la gente lea, en un hogar donde nadie toma un libro, seguramente servirán para apoyar muebles o, en el mejor de los casos, de adorno. Los libros por sí mismos no dicen nada, su valor nace de la relación que se establece con ellos y, con una biblioteca de patio, se obtendrían mejores resultados. Pese a ser un acto solitario, la lectura es un hecho social. Uno no lee un libro y se queda callado, al contrario, siente de inmediato la necesidad de hablar de él.

Ahora bien, ¿quién dirá qué libros se deben entregar? Bajo qué criterios, cuál será el objetivo de su lectura, quién los editará e imprimirá, qué ideología contendrán, cómo puede medirse el impacto de un proyecto así. ¿A qué proyecto de país responderán? Porque no es lo mismo obsequiar un libro de Carlos Cuauhtémoc Sánchez que uno de Carlos Castaneda. En el caso de la Constitución y los diccionarios los conflictos serán menores, pero, al pensar en la Historia de México el asunto se vuelve complejo. Tan sólo hay que recordar los enormes problemas que surgen cada vez que se hace un ajuste a los libros de texto gratuitos. Concediendo que este programa tenga un éxito mesurable, ¿qué sigue? Si sólo se trata de la búsqueda de un efecto mediático, seguramente ahí se quedará. Veremos las fotos del hogar beneficiado y el rincón en el que se colocarán los libros. Esperemos que antes de anunciar “programas” de este tipo se espere a la elaboración del reglamento emanado de la Ley del libro.

En: Cultura — August 14, 2008

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  1. Pue qué bueno fue encontrarme est artículo sobre las bibliotecas de Calderón. Acá en Saltillo, Coahuila, soy “promotora de la lectura”, térmico bastante curiosito, pero no me molesta. El asunto es que seré co-presentadora de una colección de libros … en fin, mi tema central es éste de las bibliotecas en las casas que se vayan entrgando a las familias, y no me acordaba del titular de la noticia y la fecha exacta, así que teclee y saliste tú… es bueno encontrarte hablando de esto. Estuve tres años en la Red Estatal de Bibliotecas en Coahuila, y estos alcaldes, como Fox, creen que haciendo bibliotecas les sube el nivel de cultura en automático, y luego no quieren dar un sólo cinco para mantenerlas… y viene otro alcalde y más bibliotecas …
    Está de más decirte que estoy de acuerdo contigo en la mega y las micro.
    Saludos

    Margarita Molina Duque - September 1, 2008 @12:00 am
  2. hola me gustaria tener acceso al proyecto de autobus biblioteca ya que me parece interesante

    veny - September 9, 2009 @10:37 pm

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Bienvenido a albertocastillo.dramaturgiamexicana.com, Lo mío lo mío, es la escritura. Este autor de 38 años fue un niño asmático que se la pasaba pegado a revistas, libros y libretas. De ahí que la escritura se convirtiera en una estrategia de supervivencia, en una forma de abrurrise menos e inventar un mundo al que no podía acceder, el de la calle, porque pasaba mucho tiempo en cama y, además, al correr me asfixiaba. Después todo fue cosa de dejarse llevar por la corriente y hacer lo único que había aprenidido a conciencia y con cierta seriedad: escribir. Al teatro entré porque Raúl Prieto (Nikito Nipongo) decidió que como narrador usaba demasiados diálogos y me envió al taller de Hugo Argüelles. Ahí pasé tres años y salí dramaturgo en ciernes, siempre en ciernes, aunque sigo siendo narrador de clóset.

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