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Blog de Alberto Castillo

Tú y la poesía

 

 

José Emilio Pacheco

Prácticamente todos tenemos una relación de atracción-rechazo hacia la poesía. Por una parte, en algún momento de la vida nos sentimos poetas, escribimos algunos versos (casi siempre de amor); leemos a Pablo Neruda, César Vallejo, Gabriela Mistral y, por qué no, a Xavier Villaurrutia o incluso a Octavio Paz, incluso memorizamos algunos versos y, en secreto o en público, los declamamos. Después, como si todo lo anterior se tratara de una adolescencia del alma, nos olvidamos del loco pasado y nos volvemos gente seria, de la que no lee poesía y, por supuesto, no la escribe. Yo mismo escribí alguna vez algunos versos que fueron publicados en un diario de Quintana Roo, donde vivía entonces. Seguramente eran malos, pero en aquel momento tuvieron un sentido. ¿Tú también tuviste una etapa en la que la poesía te significó algo?

Este mismo proceder, parece repetirse a mayor escala en México, donde la poesía ha dejado de ser un género popular y ha sido superada en el gusto de los lectores por la novela o la narrativa en general. Recuerdo que hasta hace algunos años era común encontrarse poemas en los periódicos, prácticamente a diario se publicaba uno. Ahora mismo no recuerdo cuándo vi uno durante el último año. ¿Por qué la poesía ha dejado de interesarnos? ¿Qué nos decía antes que ya no nos dice ahora?

Sin embargo esos versos que siguen siendo importantes nos persiguen como amores a los que tratamos mal a lo largo de toda nuestra vida. Por ejemplo, puedo recordar el inicio de Los amorosos, de Jaime Sabines y seguir pensando, y sintiendo, que me dice algo que las palabras llanas no pueden reproducir acerca del enamoramiento:

“Los amorosos callan.
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.
Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.”

Y dejando a un lado mi temor a ser cursi (lo acepto, me da pavor ser cursi) tengo que señalar que alguna vez mandé la clásica tarjetita en la que tomé prestada la voz de Pablo Neruda para decir: “Me gustas cuando callas porque está como ausente…” Indudablemente la poesía está presente, aunque uno no la quiera ver, aunque el pudor nos obligue e refundirla en un cajón como un pecado inconfesable. ¿Alguna vez mandaste versos?

¿Para qué sirve la poesía? En sentido estricto, para nada. No es como una carta dirigida a alguien con la que se espera conseguir un empleo o un favor y tampoco da información como un texto histórico o periodístico. La poesía es el lenguaje preguntándose por sí mismo. ¿Y cómo se define el hombre sino a través del lenguaje?

Cuándo les pregunté sobre la utilidad de la poesía a algunos poetas asistentes al Festival Internacional Letras en San Luis, llevado a cabo del 19 al 21 de junio en la ciudad de San Luis Potosí, la primera respuesta fue: la poesía no sirve para nada. Pero tras inquirir cuál era entonces el sentido de escribir poesía, las contestaciones se volvieron muy interesantes.

El español Juan Antonio Masoliver dijo que la poesía “es una necesidad de expresarse. Uno en el lenguaje cotidiano no expresa todas las cosas, en el lenguaje de la poesía llegas a otras profundidades, ¿por qué conmueves a un lector? Porque penetras en un terreno que en la comunicación normal no penetras. Y esta es la búsqueda continua de cualquier poeta, de cualquier pintor.” En lo dicho por Masoliver encuentro esa sensación de conocimiento profundo que se obtiene cuando se lee buena poesía. Se trata de un saber que nos pertenece a todos y que se reconoce cuando uno piensa que esa palabras, las del poeta, expresan claramente lo que uno quería decir.

El poeta mexicano Norberto de la Torre responde así: “No sirve para nada. Para ser feliz; entendiendo por felicidad un cierto grado de satisfacción personal. Me divierte, me agrada, me otorga placer. Yo creo que para eso existe la poesía, para que nos de placer. Es una forma de conversar, pero muy diferente de la conversación rutinaria. Cuando se frecuenta este tipo de conversación, se aprende y comienza a agradar.” En el mismo tenor va lo dicho por el también mexicano José María Espinasa, para quien
”la poesía es en principio una comunicación con el mundo, una manera de decirse cosas a sí mismo y una forma de expresión que lleva a descubrir mayores niveles de profundidad.”

José Emilio Pacheco, a quien le fue otorgado el Premio al Mérito Literario dio en clavo con palabras que me suenan irrefutablemente certeras: “Para algo sirve la poesía, no en vano ha existido y seguirá existiendo en todas las épocas y en todas las culturas. Sirve para conservar vivo el lenguaje, para mantenerlo en circulación e impedir que se estanque y se pudra y nos deje ciegos y mudos. [...] Lo que sí soy capaz de decir es que sin palabras, es decir sin poemas, no podría saber quién soy, qué soy, en dónde estoy, de dónde vengo y que será de mí mañana.”

Y tú, ¿para qué crees que sirve la poesía? Compártenos la “utilidad” que le has dado en tu vida. O tal vez prefieras sacar del cajón algún verso, propio o ajeno, que te ha seguido como fantasma, amigable o no, a lo largo de tu vida.

En: Cultura, Uncategorized — July 7, 2008

Elogio del café

Alberto Castillo Pérez, dramaturgo, tomando café

“El café me enardece y alegra, fuego suave, sin llama y sin ardor, aviva y acelera toda la ágil sangre de mis venas.” : José Martí 

Tengo la impresión de que, por las mañanas, lo que me impulsa a levantarme de la cama no es el deber de realizar mis actividades diarias y tampoco una convicción de vivir la vida a plenitud ni nada por el estilo, sino el deseo intenso de prepararme una taza de café. Tras esta taza inicial, la realidad recupera su sentido, las ideas fluyen por la mente y el cuerpo está en capacidad de moverse. Después, el resto del día puede llegar porque me siento listo para enfrentarlo. Si tú eres bebedor de café, ¿en qué momento te tomas la primera taza?

No sé, no me imagino cómo era la vida cuando no se tomaba café. Sin duda alguna antes de 1615, que es cuando se data su llegada a suelo europeo desde la Península Arábiga, la gente tenía que arreglárselas sin esta infusión, pero no consigo adivinar cómo llenaban esas mañanas perezosas o con qué acompañaban las conversaciones. Estimulantes siempre ha habido, así que seguramente tenían algo que les ayudaba a abrir los ojos y ver el mundo con mayor claridad. En América teníamos el chocolate, que fue llevado a Europa unos años antes que el café, y las rutas que los mercaderes y colonizadores europeos abrieron rumbo a Asia los proveyó de té hacia 1610. Así, el mundo Occidental se organizó alrededor de tres bebidas calientes y estimulantes. Pero el café no se toma igual que el té y tampoco como el chocolate. Cada una de estas bebidas tiene sus espacios y momentos.

El sitio del café, creo yo, está junto a los libros y las conversaciones. Probablemente esto as así porque la cafeína alerta al cerebro y uno está más dispuesto a dejarse seducir por las palabras. Yo tengo una mínima ceremonia relacionada con libros y café. Cuando leo por la mañana o la tarde, preparo una jarra, que coloco cerca de donde me siento, y no abro el libro sino hasta haber agotado al menos una taza. Entonces sí me encuentro en disposición de abrir las páginas que, ya impacientes, me esperan. Otra más (ésta gastronómica): siempre termino la comida con una taza. Hacer sobremesa es un término que se conjuga justamente con café. ¿Tú tienes alguna ceremonia cotidiana relacionada con el café?

El café también abre espacios a la conversación. De hecho la frase: “Vamos a tomarnos un café” será interpretada como una invitación al diálogo y a dedicar un tiempo al otro. ¿No es interesante? Y así sucede, con un par de tazas del aromático enfrente, uno es capaz de hablar durante horas; pareciera que además de alertar y “despertar”, ese brebaje soltara la lengua o la conectara directamente con el cerebro para producir incluso ideas y frases que de otro modo no ocurrirían. La enorme ventaja del café por sobre el alcohol, que también es capaz de suscitar ideas locuaces, es que se mantiene el entusiasmo por lo dicho al día siguiente y… no provoca cruda. Es indudable que la modernidad y el café están íntimamente ligados. Cuando el hombre decidió que su espacio era la ciudad y decidió imitar el día haciendo gala de uso de luz artificial, surgió también la necesidad de proveer al organismo de algo que lo mantuviera despierto durante esos larguísimos minutos, artificialmente diurnos, iluminados por ese gran invento llamado foco. Ese algo fue la cafeína, contenida en una negra infusión. Absurdo pensar en la Revolución Industrial sin café. Del mismo modo que no se vislumbra la locura de París de principios del siglo pasado sin el café y sin esos locales que tomaron su nombre de la mercancía que vendían: los cafés. 

Existe la idea generalizada de que los buenos bebedores de café lo toman negro, caliente y con azúcar. Se vale. A mí me gusta sin azúcar porque de ese modo puedo degustar mejor el grado de acidez  y el sabor. De ningún modo me siento un catador, pero sí sé cuando un café es malo simplemente porque al tomarlo varias veces al día, diariamente, uno va obteniendo conocimiento intuitivo de las cualidades de un buen grano, tostado y preparación. Una gran cantidad de obras literarias han sido concebidas al amparo de una taza de café; pero el universo creado a partir de esta bebida no es patrimonio de los literatos: también profesionistas de otro tipo organizan su mente, quizá su vida, estimulados por la cafeína. El resto de la humanidad (los que gustan del brebaje, por supuesto) se enamora o rompe relaciones, convoca o separa en compañía de pequeñas o grandes tazas.

El del café, insisto es un espacio mental que se abre, mágicamente, con solo probarlo. En otra ocasión abordaremos los cafés, sitios que de tan peligrosos han provocado en algún momento su clausura, pero ese es otro cuento y en otra oportunidad lo “cafetearemos” en este blog. Por lo pronto te invito a que compartas tu relación con el café: ¿Lo quieres, lo odias, te es indiferente? ¿Qué espacios mentales abre en tu vida? ¿Cuándo te tomas el primero del día? ¿Que ceremonias cotidianas realizas en su compañía?

En: Cultura — June 25, 2008

¿Qué se siente ser mexicano?

Mexican

Y te lo pregunto porque ya entrados en estos temas de identidad, se hace necesario preguntarse por sí mismo como miembro de una comunidad nacional frente a una considerada extranjera. Es en el encuentro con el otro cuando se manifiestan nuestras especificidades con mayor claridad. Un partido de futbol exhibe las debilidades que nos caracterizan, la inseguridad ante el que se siente, se cree, se sabe más fuerte. Y sí, nosotros, creo, seguimos sin superar el trauma de la conquista y continuamos siendo una colonia en la medida en que no hemos sido capaz de elaborar un plan que nos conduzca a la nación que queremos ser.

El aspecto exterior es quizás lo más visible, nuestros medios de comunicación, exponen una imagen de lo que no somos. Hace más de una década la revista Newsweek tituló un número con la siguiente pregunta: Is Mexico blond? (¿Es México rubio?), refiriéndose a la evidente fascinación que tenemos por los rubios, a quienes colocamos en revistas, anuncios y otros medios de comunicación, como imagen en la que nos identificamos.

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¿Cómo nos vemos nosotros mismos? Una simple mirada a nuestro alrededor descubre que somos un país moreno en el que justamente el ser rubio es la excepción. Y por supuesto que la diversidad de México exige la presencia de todos los que los conformamos. En Estados Unidos, nuestro referente más cercano, hay muchos más anuncios que retratan a hispanos y las comunidades están organizadas de tal modo que cuando se sienten amenazados o exhibidos de un modo negativo actúan con quejas y boicots. ¿No sería tiempo de que le dijéramos a los medios de comunicación que no somos así? ¿O será que preferimos engañarnos? ¿Nos disgusta tanto ser como somos? Me inclino a creer que estamos a disgusto con nuestra identidad y nuestras características físicas y optamos por la fantasía. Lo justo sería plasmar la diversidad que nos compone, ¿no crees?

¿Cómo nos retratan los demás? Mientras en México hemos creado una imagen que no nos devuelve el retrato de lo que realmente somos, en otros países han creado distorsiones de nosotros prácticamente ofensivas. No es mentira que en algunos países siguen teniendo la imagen del mexicano como un ser exótico que pasa el día durmiendo bajo un árbol. Durante el tiempo que viví en Holanda, tuve que explicarle a mucha gente que México es tan moderno (en algunos aspecto incluso más) que Holanda y otros países europeos. Alguna vez tuve una discusión porque una vecina juraba que aunque yo hubiera estudiado en una Universidad, seguramente mis estudios estaban muy por debajo de lo que ellos llamaban Universidad. Aunque no en todas partes ni toda la gente es así, porque un personaje bien puede cambiar la impresión que se tiene de todo un país. Para los marroquíes que conocí, por ejemplo, México se reducía a un nombre: “Hugo Sánchez.”

¿Es desagradable ser mexicano? La nacionalidad y la identidad nacional pesan mucho. En Estados Unidos es muy fácil sentirse amenazado por ser mexicano, los casos de discriminación se cuentan por miles y pasar por puentes fronterizos, aduanas y aeropuertos se ha vuelto un asunto de temer. En el resto del mundo, curiosamente, hay bastantes menos problemas e incluso en muchas naciones somos vistos con gran simpatía o, en todo caso, sin temor. El modo en que nos retratan pesa más de lo que creemos: mientras para unos somos una amenaza que hay que tolerar, para los otros somos sinónimo de fiesta.

¿Por qué no somos competitivos? El asunto psicológico es más difícil de abordar y aquí sólo quedan los resultados como prueba del funcionamiento de nuestra mente. Si tomamos en cuenta nuestros indicadores de bienestar, deberíamos tener mejores resultados en el deporte, ciencia y tecnología. Sin embargo nos falta esa capacidad de goce de los brasileños, la seguridad de los argentinos y el ímpetu de los cubanos. Con mucha facilidad nos sentimos amenazados por los extranjeros y sin embargo les abrimos las puertas con gran facilidad. Nos seduce el otro, nos atrae su modo de ser y secretamente quisiéramos no ser este país desigual, habitado por gente en la que no nos queremos reflejar y en donde, finalmente, no encontramos lugar porque al mirar alrededor vemos retratos de gente que tiene más de europea que de mexicana. ¿Será que nos sentimos rechazados?

¿Y de verdad somos tan malos como creemos? Parece ser que nuestra autocrítica es muy grande. La mayoría de los extranjeros a los que les he preguntado, ven en México un país agradable, habitado por gente amable y bella (sí, bella). No comprenden que contaminemos con basura nuestra naturaleza y creen que somos poco solidarios con nuestros pobres y que, dada la riqueza que hay en al país, podríamos repartirla mejor.

¿Qué se siente ser mexicano? Me gustaría que me relataras tu propia experiencia, porque finalmente somos diversos aunque compartimos muchas cosas en común. ¿Qué has experimentado con respecto a tu nacionalidad, identidad mexicana?

En: Identidad — June 12, 2008

Me indigna

Alberto Castillo Pérez dramaturgo indignado

En Tepic, durante un encuentro de teatristas al que asistí durante el pasado fin de semana, la directora de un grupo de teatro independiente de Tijuana me relata la serie de vicisitudes que tuvo que superar para mostrar su trabajo en Nayarit: negativa de los funcionarios culturales, falta de interés hacia su propuesta (“Es sólo teatro infantil”, le dijeron) y verdaderos malabares para conseguir dinero con el que pagar el transporte de actores y escenografía.  

Durante sus temporadas regulares, me relata, el ánimo no es otro: dificultades para conseguir espacios, apoyo insuficiente e insensibilidad hacia la necesidad de difundir la obra de los creadores locales (justo por serlo). Por desgracia no es el único caso: en mayor o menor medida esta historia se repite en prácticamente todos los asistentes al coloquio y marca un modo de actuar de muchos funcionarios culturales hacia los artistas a los que deberían apoyar. Me indigna. Lo que sucede, sería lógico pensar, es que no hay dinero para la cultura. Pero, si no hay recursos, es incomprensible que Sergio Vela haya gastado 571 mil pesos en nueve viajes al extranjero, (lo que da más de 63 mil pesos en cada viaje) sólo durante 2007, para promover nuestra cultura.

En El Universal, se informó recientemente que en “servicios oficiales”, rubro que incluye el pago de pasajes aéreos para que el titular de Conaculta y sus allegados asistan a ver las óperas que les interesan, se han erogado más de 38 millones de pesos. Me indigna saber que se realizan este tipo de gastos mientras a los creadores se les escatima hasta una manta para promover su trabajo. 

Hace unos días nuestras autoridades culturales anunciaron con bombo y platillo un programa de “intercambio” con la Unión Europea. Este programa asegurará que artistas europeos tengan presencia en México y, sólo después (y ya sabemos que ese después casi nunca llega) los mexicanos irán a Europa. Por supuesto que es positivo que nuestro país sea un mercado importante para el arte de todo el mundo, pero, ¿para quién trabaja Sergio Vela? ¿Por qué ese irrefrenable deseo de lo extranjero?

Me indigna. ¿Qué está haciendo Vela para que la producción artística de México sea conocida en el exterior? Y aún más importante: ¿qué está haciendo para que el arte producido en cada rincón de México viaje dentro de nuestro país para mostrarnos quiénes somos y qué hacemos?  Me indigna, de verdad, saber que los funcionarios culturales estén más ocupados en ver con qué plazas laborales se quedan, que en estructurar políticas que fomenten la actividad artística.

El barco de la cultura en México, sostenido a fuerza del ímpetu de los creadores, va a la deriva porque el timonel no sabe a dónde vamos y parece no interesarle porque quizá nos ve como ajenos.  ¿Hacia dónde debe ir nuestra cultura? ¿Debemos ser productores o importadores de obras de arte? ¿Qué hacer para apoyar a los grupos de cada uno de los estados de la República? A ninguna de estas preguntas responden las acciones de Sergio Vela y su equipo, como tampoco responden a las necesidades de un país tan variado y rico en manifestaciones artísticas.  

Y por supuesto que no pido regresar al paternalismo del Estado en cuestiones del arte y la cultura. Pero sí está claro que hay un presupuesto asignado por el Estado, para el que cada uno de los mexicanos ha aportado dinero vía impuestos, que tiene el objetivo de fomentar y difundir la cultura y no de ser gastado en viajes, comidas y productos de lujo. El éxito económico de algunos festivales culturales oculta la realidad de la mayor parte del gremio artístico.

Conozco al menos una decena de actores desempleados; varios músicos y cantantes que tienen todo para ser solistas, a los que no les da espacio en las orquestas nacionales; pintores que no exhiben y, por lo tanto, no venden; así como escritores que han ganado premios importantísimos a los que se les niega el beneficio de la edición.  

EN LA META 

La actriz e investigadora Paz Aguirre escribió un libro que debería ser obligatorio en las escuelas de teatro, se trata de El mercado del actor (o de cómo conseguir chamba). Ella decidió indagar qué puede hacer un actor ante el complicadísimo panorama laboral que se vive y exponerlo de modo claro para que quienes, contra las recomendaciones de todos (incluso yo), deciden estudiar actuación.

En: Cultura — May 22, 2008

¿Y tú por qué sí lees?

Alberto Castillo Pérez, dramaturgo mexicano

Por Alberto Castillo

En un país donde el promedio de lectura es tan bajo como en México (medio libro por habitante), me pregunto por qué tú sí lees. Ahora mismo estás frente a una computadora siguiendo estas líneas y con toda seguridad al terminar este texto leerás alguno más. Estoy casi seguro de que tienes cerca algún libro.

Como todo en la vida, la primera experiencia es fundacional. Yo, por ejemplo recuerdo con horror cuando en la secundaria me dejaron de tarea leer La Ilíada, y (adivinaste) La Odisea, de Homero. Verdaderas obras de arte que odié y no he podido terminar hasta la fecha, seguramente como rechazo al malísimo momento en que me presentaron esos libros con un lenguaje que me parecía incomprensible y que nada tenía que ver conmigo y mi entorno.

¿Cuál fue tu primer libro? Y me refiero a ése que tomaste por voluntad propia y que no pudiste soltar hasta acabar la última página. (Descarta los de tarea). En mi caso, se trató de La Tumba, de José Agustín, una breve novela con personajes adolescentes y lenguaje urbano. Después, Demian, de Herman Hesse, obra que aborda el paso de la infancia a la temprana juventud, que entonces me habló de mí mismo y lo sigue haciendo (la he leído al menos 10 veces a lo largo de mi vida y en cada ocasión es un libro diferente).

Lo anterior viene a cuento porque el asunto del bajo índice de lectura que existe en México está íntimamente ligado al principio del placer. Es decir, mientras no consigamos transmitir el goce de la lectura, esta actividad estará condenada a la extinción. Los libros, esos objetos que hoy son motivo de una nueva ley en México, tienen que competir con otros medios como el propio internet, la radio, la televisión y el cine; y, si somos realistas, concluiremos que están en desventaja. Leer requiere espacio, tiempo, concentración, tranquilidad; ver la tele se puede hacer incluso a bordo de un microbús en movimiento y con claxonazos alrededor.

¿Tú crees que nos podemos convertir en lectores y consumidores de libros por decreto? Yo, no. Es más, pienso que la tan sonada Ley de Fomento para la Lectura y el Libro será letra muerta dentro de muy poco tiempo. ¿Pesimismo? No. Es simplemente que observo las condiciones del país y me doy cuenta de que no se han tomado durante décadas, tal vez siglos, las medidas necesarias para hacer que el libro sea un artículo medianamente importante.

El libro tiene su pequeño lugar en las aulas, en algún rincón, en las escasas bibliotecas, pero no en la vida cotidiana de los mexicanos. Dudo mucho que el precio único haga que surjan más librerías, si acaso conseguirá que algunas de las existentes sobrevivan, cosa que es importante pero no suficiente. No podemos dejarle a las fuerzas del mercado una labor tan importante como la de hacer de México un país de lectores. Además, las editoriales son negocios y como tales editan lo que se vende. Hay algunas muy exitosas, una visita a algún supermercado o restaurante de cadena nos hará ver que sí hay libros en venta, pero, ¿son los mejores? En todo caso son comerciales.

Aquí es donde debería entrar en Estado para regular y hacer que las instancias contempladas para el tema funcionen. ¿Por qué no se impulsa la serie Lecturas Mexicanas? Se trata de una serie que en los años ochenta publicaba grandes tirajes de literatura mexicana (ensayos, novela, poesía, teatro), que se podían comprar en los puestos de periódicos. De ese modo, había un rincón para libros en cada esquina del país; asunto vital para un territorio como el de México, en donde se concentran los polos culturales en un puñado de ciudades y, dentro de las ciudades en unas cuantas librerías. La nueva ley del libro me hace recordar, tristemente, el momento en que creí que habíamos llegado a la democracia simplemente por el cambio de partido en el poder.

Creo que el origen del abandono en que se encuentra la cultura y la educación está en nosotros mismos, es decir, en quienes hemos elegido para que nos conduzcan. ¿Has escuchado a alguno de nuestros políticos hablar de sus libros y lecturas? (Acepto, hay honrosas excepciones) Cuando han querido pasar por cultos, han cometido errores que los exhiben no sólo como ignorantes sino además como mentirosos. El megadesastre de la megabiblioteca, que es ya una megarruina, es expresión del faraónico deseo de los Fox de quitarse de encima la fama de incultos; eso sí, ganada a pulso.

Sin embargo toda esta serie de fuerzas terribles que están en contra de que los mexicanos lean no han triunfado completamente y tú sí lees. ¿Por qué? ¿Cómo conseguiste aficionarte a las letras, a expresar tu opinión, a disentir?

En mi caso, descubrí de pronto el placer de la lectura y no he podido parar durante años. Leo varios libros al mismo tiempo y estoy continuamente en búsqueda de novedades, aunque no descuido a los clásicos (los que me interesan). También descubrí que no tengo por qué leer libros malos o que simplemente no me gustan (por la razón que sea); que leer no debe ser algo aburrido; que puedo abandonar los libros a la mitad (o incluso al comienzo) si no me atrapan; que no tengo que leer a los autores que alguien más considera imprescindibles y que la mejor manera de acercarse a los libros es simplemente tenerlos a la mano, hojearlos y permitir que sus palabras me hablen y me atrapen.

Tengo mucha curiosidad  acerca de tu propia experiencia y por eso mismo repaso las preguntas: ¿Tú por qué sí lees? ¿Cuál fue tu primer libro y qué te dijo? ¿Qué harías para transmitir el placer de la lectura?

En: LITERATURA — May 14, 2008

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Bienvenido a albertocastillo.dramaturgiamexicana.com, Lo mío lo mío, es la escritura. Este autor de 38 años fue un niño asmático que se la pasaba pegado a revistas, libros y libretas. De ahí que la escritura se convirtiera en una estrategia de supervivencia, en una forma de abrurrise menos e inventar un mundo al que no podía acceder, el de la calle, porque pasaba mucho tiempo en cama y, además, al correr me asfixiaba. Después todo fue cosa de dejarse llevar por la corriente y hacer lo único que había aprenidido a conciencia y con cierta seriedad: escribir. Al teatro entré porque Raúl Prieto (Nikito Nipongo) decidió que como narrador usaba demasiados diálogos y me envió al taller de Hugo Argüelles. Ahí pasé tres años y salí dramaturgo en ciernes, siempre en ciernes, aunque sigo siendo narrador de clóset.

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